Esparta fue condenada damnatio memoriae hace décadas, y es que nuestros dirigentes políticos, económicos y mediáticos no pueden sentir simpatía alguna por unos valores que sí fueron admirados por Platón, Sócrates, Jenofonte, Aristóteles o Herodoto. Prefieren hablar de Atenas, de la que dicen sentirse herederos. No saben de una ni de la otra más de lo que muestran los textos con que animalizan a nuestros hijos, e ignoran que ambas sociedades compartían en gran medida los mismos principios (Salvador Giner).
Esparta se guiaba por valores contrapuestos a los que predominan hoy en Occidente y, por tanto, en casi todo el mundo conocido, de Singapur a Johannesburgo; la ética calvinista del éxito (Max Weber) ha borrado cualquier oposición al american way of life.
La cuestión fundamental es: ¿Debe estar el hombre al servicio de la economía, o la economía al servicio del hombre? Y los lacedemonios la contestaron a su manera.
Los homoioi (ciudadanos) consideraban despreciable la acumulación de riquezas, que solo estaba bien vista en periecos (artesanos y comerciantes sin derechos políticos) e ilotas (esclavos del Estado)
Las monedas espartanas no eran ni de oro ni de plata, sino de hierro, y para que fueran de verdad un instrumento de canje, y no un valor en sí mismas, se las templaba con vinagre, por lo que el metal no podía reutilizarse. En consecuencia, su valor era inferior a su peso en hierro.
¿Qué lecciones económicas nos dieron? Dos, entre otras.
- Una, de la que se fue tomando nota a través de los siglos al pasar de las monedas de metales preciosos al papel moneda, y culmina con la desaparición del patrón oro: El dinero no tiene valor en sí mismo; es una variable en manos del Estado para procurar la felicidad de los ciudadanos a través del empleo.
- Y la segunda, de la que nos alejamos cada vez más: No es más feliz quien más tiene, sino quien menos necesita.
[Escrito por Javier Pérez]
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